Enero 12, 2026 / Perspectivas

El poder de lo colectivo: cuando la inteligencia compartida supera al virtuosismo individual.

Antonio Barrera. Fundador y CEO de Singular Foods.

El pasado mes de octubre celebrábamos el 50º aniversario de “Bohemian Rhapsody”, uno de los himnos más emblemáticos de la música popular del siglo XX. La pieza de Queen se publicó como sencillo el 31 de octubre de 1975, y su medio siglo nos invita a revisitar otros hitos de la época.

Unos años antes, en septiembre de 1972, Yes lanzó «Close to the Edge», considerado por muchos como uno de los mejores álbumes del rock progresivo.

Ese paralelismo temporal me sirve de puente para contar una historia que conecta música y alimentación.

Siempre me ha fascinado Yes. No solo por su música, sino por su manera de entender la creación: como un acto colectivo, casi espiritual, donde cada pieza encuentra su lugar en una estructura mayor. Su obra no se conformaba con el momento; buscaba algo más alto, más duradero. Nacidos en la efervescencia londinense de finales de los sesenta, mezclaban influencias imposibles: la disciplina clásica, la improvisación del jazz, la psicodelia, la épica coral. En lugar de reducir, amplificaban. En lugar de elegir un estilo, diseñaban un sistema.

Esa idea me acompaña desde hace años y, de alguna manera, ha influido en cómo entiendo el trabajo que desarrollamos en Singular Foods: trascender la coyuntura, escapar de la linealidad y pensar la innovación como un organismo vivo. No somos una empresa en el sentido convencional; somos un conjunto de voces que, al resonar juntas, crean algo más grande que cada una por separado.

En Yes, cada músico representaba un lenguaje: Jon Anderson era la búsqueda espiritual; Chris Squire, la estructura rítmica como esqueleto emocional; Rick Wakeman, el exceso virtuoso que expandía los límites; Steve Howe, el puente entre técnica y sensibilidad; y Bill Bruford, la inteligencia rítmica que sostenía el conjunto. Ninguno dominaba al otro: la fuerza estaba en la tensión, en el equilibrio entre personalidades.

En Singular Foods también sucede algo parecido. El proyecto se sostiene sobre una mezcla de raíces y miradas que se complementan: la ciencia y la agricultura que dan sustento, la investigación y la gastronomía que cuestionan y reinterpretan, el pensamiento crítico que estructura, la creatividad aplicada que traduce ideas en herramientas, la comunicación que da voz al conjunto, la tecnología que enlaza los sistemas con el futuro y, como hilo conductor, una visión estratégica que mantiene el equilibrio entre todas ellas.

Faviola Ramos, Viviana Nariño, Giorgio De Ponti, Luki Huber, Mariana Bacci, Román García y un servidor compartimos esa partitura coral. Cada uno vibra en una frecuencia distinta, pero todos compartimos un mismo propósito: repensar la alimentación desde el arte de colaborar.

La identidad de Singular Foods no pertenece a ninguno de nosotros, sino al espacio que surge entre todos. Y todo esto se multiplica con las notas que cada asociado y colaborador incorpora al conjunto, enriqueciendo la composición con nuevas texturas, matices y resonancias.

Yes entendió pronto que la experiencia debía ser total. Las portadas de Roger Dean no eran simples ilustraciones: eran parte del relato, geografías donde la música encontraba su sentido visual.

En Singular Foods, esa idea también nos guía: cada proyecto, cada evento, cada narrativa, forma parte de una atmósfera más amplia.

No hablamos de una marca, sino de un universo, de un ecosistema. Y encuentro cierta sintonía entre esa búsqueda musical y lo que intentamos construir desde nuestro ecosistema. Ambos parten del deseo de construir armonía a partir de la complejidad. Mientras otros simplifican para ser comprendidos, nosotros complejizamos para ser sentidos.

Yes demostró que una banda puede ser un sistema. Yo intento que Singular Foods sea una forma de arte colectivo. En ambos casos, la innovación nace del riesgo, y el riesgo se sostiene en la confianza mutua.

La música de Yes me recuerda que la unidad no se impone: se diseña. Y eso es, en el fondo, lo que buscamos.

Transformar el sistema alimentario, como componer una sinfonía, no consiste en tener todas las notas, sino en encontrar la forma en que resuenan juntas.

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